Las alas del otoño,
en tanto caen
y sólo hacia abajo vuelan,
deshojan la flor entera,
mientras distraen,
de tu pupila inquieta
y tu mirar tesoro.
Que son mis versos de tu mirada
reflejo en manantial fuente clara
y no hay para mí mayor natural frontera
que tus finos delicados párpados velan
y para sí guardan
más preciado que oro.
Y es avaricia
que a ti me llama,
mas no puedo guardarte,
que desterrado, de ellos fuera,
ya sin ganas de quejarme,
pierdo la vida entera,
escribo cualquier albricia
y viene un rato la calma.