Todos los asertos sobre tus gracias,
el centro de cálculo de tu belleza
(donde autómatas dolientes computan tus altas finuras
y aciertan, a marchitar, cada vez más baldíos,
sin una lágrima en su favor,
que a nadie importa su pérdida),
las esperas, las dudas, los temores; del destino, su cerrazón;
el primer pensamiento del día,
la dulce ilusión que induce al sueño y su virtud extrema,
el ábaco exacto
(que opera con minuciosas maneras, bondades,
merecidas penas y apacible gesto),
el temblor de piernas, el pálpito, la quemazón, los pretextos;
de cada instante robado, la búsqueda de tus pupilas;
la avidez de mi afecto,
mi necia pesadez,
ateridas lejanías de más de un segundo de paralaje
(en cuya estima caen muertos, como hadas sin crédito,
los ingenios por súbita congelación),
la impresión de ser molesto, las ganas de dar por perdido;
de lo sumamente indeseable, tu incomodidad;
la invariable, un imposible,
la indeterminación para dos infinitos de distinta magnitud
(en que pierden la cuenta máquinas para la aflicción
recitando esta plañidera por el débito a tus lindezas),
la terrible presión en el pecho, los cambios de humor,
el saberme inerme...
De éstas y otras más cosas, una sola palabra es madre: ‘tú’.